¡Qué divertidos son los cuentos cortos! ¡Y qué buenos son si además están escritos por los socios de Tu Círculo, auténticos novelistas en potencia! Seguro que recuerdas que hace unas semanas convocamos un Concurso de Cuentos Cortos en nuestra web. Solo pudimos premiar a uno de nuestros socios como ganador del concurso, pero desde entonces nos propusimos compartir con todos otros textos maravillosos que también participaron en el concurso.

EL TESORO AL FINAL DEL ARCO IRIS, de Jordi D.

Había una vez, en un pueblo rodeado de montañas azules y desiertos, tres amigas que se querían mucho: se llamaban Rosy, Regina y Sofía ¡Eran las mejores amigas del mundo! Por las tardes, al salir de la escuela, se iban caminando juntas a sus casas. Un día, después de salir de clase, se dieron cuenta que Sofía estaba llorando. De inmediato le preguntaron qué le pasaba.
—Es que estoy muy triste porque mi papá no podrá venir para mi cumpleaños —respondió ella.
Hacía tres años que su papá se había tenido que ir a trabajar en la pizca, al otro lado de la frontera. Cada cumpleaños de su hijita, el señor volvía sin falta para festejarlo y era la época más feliz para la niña. Pero una noche antes, había escuchado sin querer una conversación en la cual su mamá le decía a su abuelita que la cosecha de tomate se había arruinado con las nevadas, y por tanto, su papá no tenía dinero para regresar al pueblo. Desafortunadamente, la familia tampoco tenía dinero para mandarle.
—¡Tengo una idea! —exclamó Rosy—. Mi abuelita Cuquita, que está en el cielo, me contó una vez que al final del Arco Iris hay un tesoro de monedas de oro. Si lo encontramos, ese tesoro será suficiente para traer a tu papá de vuelta. Iremos juntas a buscarlo.
Los días pasaron, sin rastro del Arco Iris. Una tarde, al finalizar las clases, después de la lluvia cantarina, el sol asomó su carita entre las nubes, y un Arco Iris precioso apareció. Las niñas estaban emocionadas. ¡Ahora, tenían que emprender el camino para hallar el tesoro!
Por primera vez en su vida, en lugar de marcharse hacia sus hogares, se dirigieron hacia el Cerro de las Noas, detrás del cual estaba la Gran Ciudad. Ahí parecía estar el final del Arco Iris. Las niñas iban admirando las florecillas que la lluvia había adornado con gotas de diamantes. Caminaron por mucho tiempo, y Regina preguntó:
—¿Cuánto falta para llegar? Me duelen los pies, y ya me está entrando hambre.
—Hay que preguntarle a la señora ardilla —sugirió Rosy, divisando a uno de estos animalitos, que observaba curioso al trío de chiquitas—. Hola, señora ardilla… ¿Falta mucho para llegar al final del Arco Iris?

La ardilla sacudió la cabeza como diciendo «no».
—Ya veis —dijo Rosy—. En un ratito llegamos.
Siguieron, ahora de subida, llenas de esperanza. Avanzaron entre los cactus y los conejitos que se asomaban a verlas, y ayudándose las unas a las otras cuando era necesario. De repente, el sol y el Arco Iris se esfumaron, y se hizo de noche.
—¡Ya se fue el Arco Iris!— dijo muy decepcionada Sofía.
Fue cuando se dieron cuenta que no podrían regresar a casa, ya que la oscuridad se lo impedía, y Rosy, que era la más decidida, determinó:
—Ya casi llegamos a la cima. Pasaremos ahí la noche y mañana encontraremos el tesoro. No te apures, Sofía
—Sí —afirmó Regina—. No te apures, Sofía, que vamos a encontrar ese tesoro para tu papá.
A pesar de los ruidos del viento y los aullidos de los coyotes, las niñas trataron de ser valientes, y cogiéndose de la mano, llegaron a lo más alto del Cerro. Ahí, la imagen enorme y silenciosa de un Cristo con los brazos abiertos les esperaba.
—Él nos cuidará. ¡Qué alto está! —dijo Sofía, muy animada. Bajo sus pies, la Gran Ciudad se desplegaba llena de luces de colores. Las niñas se sentaron al pie de la imagen, y abrazándose, trataron de darse calor.
De pronto, unos gritos las asustaron. ¿Quién sería, en medio de la noche? Unos hombres se acercaron a las pequeñas, con linternas en la mano.
—¡Niñas! —les dijo uno de ellos, bigotón y de cara bondadosa—. ¡Mucha gente os ha estado buscando, gracias a Dios que os hemos encontrado!
Las llevaron en un coche a la Gran Ciudad para que pasaran la noche bajo techo. Mientras les daban de cenar, las niñas explicaron a sus salvadores su odisea, y el motivo que las había llevado a emprender la excursión tan lejos de casa. La noticia del salvamento de las pequeñas y su historia salió hasta en los programas de radio y televisión de la localidad.
Al día siguiente, cuando las llevaron de vuelta a casa, las niñas pidieron perdón a sus familias por haberse ido sin permiso, y el señor bigotón que las había encontrado dijo:
—Ahora que estáis todos reunidos, y que ya habéis pedido perdón a vuestros papás, ¡os tenemos una sorpresa!
La historia de amistad de las pequeñas había conmovido tanto a los habitantes de la ciudad, que habían organizado una colecta para traer de vuelta al papá de Sofía. ¡Qué alegría! Había dinero más que suficiente para ello, y las niñas brincaban de contento.
Después de todo, la abuelita Cuquita había tenido razón. Al final del Arco Iris, estaba el tesoro más maravilloso que cualquier ser humano pudiera desear: ¡El tesoro de la verdadera AMISTAD!
Y colorín colorado, este cuento, se ha acabado.

MIRAMAR, de Lucía R.

Ya de chica era pirata, aunque al principio no me gustaba. Yo quería ser princesa. Mi padre, que es marino, decía que con la mezcla rara que tengo de viento árabe y andaluz y habiendo nacido en Ceuta, las cosas no podían ser de otra manera. Pero también dice que no hay revuelo sin encanto y que, por eso, no debía ser princesa, sino Emperatriz Corsaria del Miramar.

El Miramar es una barquita vieja de Abdul el pescador, que esta enterrada en la playa y que nos deja usar para jugar los días de buen tiempo. El verano pasado exploramos varias grutas secretas entre los acantilados de la playa de Benzu. Yo y el Mo. El Mo es Mohamed, el hijo de Abdul.
Mi amigo Mo es contramaestre del Miramar, que es azul y turquesa, con las letras en blanco.
Mi padre nos regaló un astrolabio y nos dibujó un mapa donde enterrar nuestro botín, en la gruta de la playa de la potabilizadora.
Mo y yo pasábamos mucho tiempo allí, discutiendo dónde meter nuestro baúl viejo con bolas de cristal, la pistola de Mo, tebeos y joyas de mentirijillas que le robábamos a mi tía, la bailaora, cuando se dormía la siesta.
Este invierno me han traído a un colegio inglés para que aprenda inglés y para quitarme de malas amistades, como dice mi madre, que siempre habla de lo mismo. A Mo le han quitado de la escuela y lo han mandado a Tánger, a trabajar en el puesto del mercado de su tío. No me gusta este colegio. Aquí no hay piratas, ni playa, ni amigos. Por no haber, no  hay ni «eñes» ni tildes en los teclados. Tampoco nos dejan usar ordenadores. Solo vacas, pastos, libros y gente de color rosa que siempre pregunta lo mismo.
Cuando vuelva en junio, mi padre me ha prometido que sacaremos el Miramar al agua y que tendremos un mapa nuevo para buscar un tesoro que no es el nuestro, sino uno misterioso, de sorpresa. Le he preguntado si vendrá Mo. Dice que eso depende de la Corsaria. Si ella da la orden, el contramaestre tiene que obedecer. O sea yo. Yo estoy de acuerdo.
A ver si llega pronto el verano.

EL NIÑO QUE QUERÍA VOLAR, de Nicolás Noé V.

Una vez un niño soñó que podía volar. Al despertar, recordaba cada detalle. Así que fue al lugar del sueño. Se puso incluso los calcetines verdes que llevaba en el sueño y comenzó a intentar volar.

No lo consiguió, pero esa noche, volvió a volar en su sueño.
Durante meses, soñaba con lo mismo, así que fue mejorando su técnica.
Cada vez volaba más alto y más lejos, casi como un pájaro.
Llegó un día en que ya soñaba con volar sin límites, incluso a miles de kilómetros.
Pensó que desearía volar de verdad pero, en realidad, solo tenía que esperar a la noche.

EL HADA DE LOS LIBROS, de Gemma.

 Había una vez, un hada a la que le gustaban mucho, mucho, muchísimo….los libros. Entonces decidió que tenía que haber un día dedicado a los libros. Pensó que en ese día se regalarían libros, y ella, como tenía tantos y tantos libros, no pararía en todo el día de regalar libros.

¿Y qué pasó?… Pues que el día 23 de abril, todos los niños y niñas del mundo, le regalaron a ella una gran colección de libros… Desde entonces, ese día está dedicado a regalar y leer libros.
El hada quería regalar todos los libros que ya se había leído, como a ella le regalaban tantos, tantos y tantísimos… Nunca, nunca, aunque estuviera siempre leyendo día y noche, nunca terminaba de leer todos los libros que le gustaban… Sin embargo, los niños y niñas del mundo no tenían tiempo para leer los libros bonitos que ella les regalaba, siempre tenían que hacer los deberes que le mandaban en el colegio. Y leer los libros aburridos que les mandaban.
Hasta que un día decidió que tiraría esos libros maravillosos a los patios de los colegios y desde entonces los profesores nos mandan leer libros chulísimos y muy divertidos que el día 23 de abril han recogido en el patio del colegio.

NAÚN, de Marcos P.

 Hace muchos miles de años, vivía en una cueva en el norte de la península ibérica, un hombre llamado Naún.

Un día como cualquier otro se levantó por la mañana, tomó algunos arándanos, cogió su arpón y se fue a pescar.
Cuando había pescado siete peces paró, buscó una rama, se sentó a la orilla y con una piedra se puso a tallar una muñeca para su hija. Entonces oyó una voz:
-¡Papá! ¡Un uro!
-¡Hija, mi arco!
A continuación, el padre se subió a la cueva para ver lo que pasaba: la enorme vaca embestía contra las chozas. Cogió el arco, apuntó y dio en el costado del uro. Por desgracia, Naún se cayó y el animal le dio una cornada en la pierna.
El curandero no pudo hacer nada. Su mujer desesperada lo llevó a hombros hasta el Rio Tara, cuyas aguas eran tenidas por mágicas. Allí le lavó la herida y de repente, se le cerró.
Naún fue feliz el resto de su vida.