En algunas ocasiones, nuestros abuelos nos repiten una cosa sin darse cuenta de que ya nos la han contado. O tratan de explicarnos algo que ha hecho recientemente y no recuerdan la mayor parte de los detalles. La pérdida de memoria es frecuente entre los ancianos. Y, aunque es un problema, en ocasiones suscita situaciones peculiares, como la que nos explica Jack, de 12 años, desde Londres. Su abuelo combatió como aviador en la Segunda Guerra Mundial y, en ocasiones, todavía cree estar a los mandos de un avión. 

Misión en el supermercado

El abuelo iba perdiendo la memoria, algo que a veces les pasa a las personas mayores. Sufría una enfermedad grave para la que, por desgracia, no había cura. De hecho, lo más probable es que un día tal vez no recordará siquiera su propio nombre.

Pero, como suele pasar en la vida, tragedia y comedia van a menudo de la mano, y en los últimos tiempos de su enfermedad ha propiciado anécdotas muy divertidas. La noche de San Juan, por ejemplo, el abuelo se había empeñado en que todos bajaran al refugio antiaéreo en cuanto los vecinos habían empezado a tirar petardos en el jardin. En otra ocasión, sacó la navaja y cortó una delgada oblea de chocolate a la menta en cuatro minísculos trozos para compartirla con la familia porque creía que los alimentos seguían estando racionados.

Abuelo

Pero lo mejor de todo fue cuando decidió que el carro de la compra del supermercado era en realidad un bombardero Lancaster. El abuelo surcó los pasillos a toda velocidad en una misión ultrasecreta, lanzando a su paso enormes paquetes de harina. Aquellas «bombas» explotaban al caer, cubriéndolo todo de polvo blanco: la comida, las cajas registradoras y hasta a la gerente del supermercado, una señora muy peripuesta que ese día acabó enharinada de la cabeza a los pies. La mujer parecía un fantasma polvoriento.

Un abuelo a la fuga

Esta historia es, en realidad, un extracto de La increíble historia de… la gran fuga del abuelo, un nuevo libro de David Walliams, escritor número uno en Inglaterra, que sabe como nadie crear trepidantes narraciones plagadas de humor a partir de situaciones cotidianas.

Esta historia tiene lugar en Londres en 1983, cuando –aunque parezca increíble– no había internet, ni móviles, ni videojuegos. Jack tiene doce años y siempre ha disfrutado con las aventuras que su abuelo cuenta sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero ahora, más que recordarlas, el abuelo las vive. Ya ha perdido los recuerdos de sus últimas décadas, y está convencido de que es un joven y apuesto piloto a los mandos de su Spitfire. A todo el mundo le resulta incomprensible esta actitud. A todos excepto a Jack, que piensa que si el abuelo está siempre jugando, lo único que hay que hacer es seguirle el juego. Claro que si un anciano se encarama al avión de un museo de guerra, es inevitable que la policía entre en escena. Pero Jack ya ha decidido de qué bando está: nadie va a encerrar a su abuelo en una de esas fortalezas enemigas que llaman «residencias para gente mayor».