Hace mucho tiempo existían cuatro gemas que los inmortales custodiaban con celo. La sed de poder hizo que se perdieran y, desde entonces, la magia de nuestro mundo se desvanece lentamente… hasta que se cumpla una antigua profecía. Así comienza la nueva entrega de La Caída de los Reinos

El monstruo extendió sus manos de largos dedos hacia el chico y lo hundió en el colchón, sofocándolo. Hacía lo mismo cada noche y, cada noche, el chico se dejaba arrastrar por el miedo.

–No –susurró–. No es un monstruo, solo es la oscuridad. ¡Solo es la oscuridad!

Ya no era un bebé; no podía temer así las tinieblas. Casi tenía seis años, y había prometido ante la diosa que no volvería a llamar a su madre.

Sin embargo, su resolución solo duró un instante más, hasta que el miedo se hizo insoportable.

–¡Madre! –llamó.

Como siempre, ella apareció de inmediato y se sentó en el borde de la cama.

–Querido… –Lo tomó en brazos, y el niño, agarrándose fuerte a ella y sintiéndose como un cobarde, dejó escapar un suspiro tembloroso contra su hombro–. Vale, vale. Ya estoy contigo.

La mujer se levantó, y la luz bañó la estancia cuando encendió una vela en la mesa contigua a la cama. Aunque su bello rostro estaba casi oculto por las sombras, el niño vio una ira en sus facciones que –estaba seguro– no se dirigía a él.

–Les he repetido una y otra vez –dijo su madre– que dejen siempre una vela encendida en tu cuarto por la noche.

–A lo mejor la ha apagado una corriente –repuso él, temeroso de que alguna de sus niñeras sufriera las consecuencias del descuido.

–Puede ser. –Su madre le apoyó una mano en la mejilla–. ¿Te sientes mejor ahora?

Con su madre allí y la luz encendida, el chico se sintió como un tonto por sus temores de antes.

–Lo siento –murmuró–. Debería ser más valiente.

–Mucha gente teme a las tinieblas, y hacen bien. Tú no eres el único que ve un monstruo espantoso en ellas. Pero la única forma de derrotarlo es… ¿cuál?

–Hacerte amigo de él.

–Eso es –aprobó su madre, agitando la mano hacia el candil que había en la pared para encenderlo con su magia de fuego.

El niño la observó con asombro y reverencia, como hacía siempre que ella usaba la elementia, y ella alzó una ceja al ver su reacción.

–Tú no crees que yo sea un monstruo, ¿verdad?

–Claro que no –respondió él.

Su madre era una bruja, pero eso era un secreto que solo compartía con él. Al contárselo, le había dicho que mucha gente temía a las brujas y las tenía por seres malvados, pero que se equivocaban.

 

El poder de la hechicera

Si quieres saber cómo sigue esta maravillosa aventura de fantasía y misterio no te pierdas La marea del hielo. La caída de los Reinos IV.

Según una antigua profecía, un día nacerá una mortal con el poder de una hechicera, capaz de gobernar los cuatro elementos con una fuerza no vista desde hace mil años. Aunque esa promesa –en parte– se ha cumplido, la princesa Lucía todavía no ha aprendido a utilizar todo su potencial. Pero ahora es consciente de que su magia supera en mucho a la de las brujas comunes. Y lo más importante: ha nacido en ella la sed de venganza. Pero el tiempo juega a favor de quienes intrigan en las sombras: Gaius, el rey Sangriento, se dirige a Kraeshia en busca de una nueva alianza. En un mundo donde la lealtad es frágil y las pasiones dominan a humanos e inmortales por igual, conviene recordar que toda magia conlleva un precio. Y ese precio solo se hace evidente cuando el mal ya está hecho.