Maletas, estaciones, monumentos, restaurantes… El turismo es una actividad agotadora. A pesar de eso, a todo el mundo le encanta viajar y ver cosas nuevas. Lo que ocurre es que, en ocasiones, se producen situaciones de lo más graciosas. Aquí te presentamos una selección de los mejores chistes turísticos.

En la Muralla China, una pareja de turistas ve a un niño chino solo, y la mujer le dice a su marido:

—Mira, pobrecillo. ¿Cómo debe decirse «niño abandonado» en chino?

Y el marido contesta:

—«Chin Chu Mamá».

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Desde lo alto del Big Ben, dos hermanos observan la ciudad de Londres, y el hermano mayor le pregunta al pequeño:

—¿Sabes cómo se llaman los habitantes de Londres?

Y el hermano contesta:

—Hombre, todos no.

Chistes

Delante de un templo maya, un niño le pregunta al guía mexicano:

—Señor, si un maya se desmaya, ¿ya no es maya?

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Juan está paseando su perro por el parque después de visitar el Gran Cañón del Colorado, y su amiga le pregunta:

—¿Qué tal por el desierto de América?

—Muy bien —contesta el niño.

—¿Y allí también había perros? —vuelve a preguntar la amiga.

—Sí, pero se pasan el día aullando.

—¿Aullando? —dice la amiga—. ¿Y eso por qué?

Y el niño contesta:

—Porque allí no hay árboles, sino cactus.

Chistes para no parar de reír

Está claro que a ti lo que te gusta es echarte unas risas. Pues no te podemos recomendar nada mejor que Novecientos (y pico) chistes para partirse de risa, un repertorio de chistes que abarca los cinco continentes, protagonizados por seres de dos, cuatro o hasta cien patas. Está comprobado: si te aburres es porque quieres. ¿Que no? ¡Abre este libro por cualquier página!

Sean disparates idiomáticos (¿«Asesino», en japonés? «Akí Temato») o dudas filosóficas (¿Qué ocurre cuando un maya se desmaya?), aquí están los mejores chistes para partirse y compartir, relacionados con cualquier lugar del universo. Eso incluye, por supuesto, el reino animal, fuente inagotable de burradas: desde camaleones (esos que hacen trastadas de todos los colores) hasta cocodrilos, pasando por otras especies que no por extinguidas dejan de ser tronchantes. Porque no hay nada como el humor, sobre todo en esos días en los que te sientes como un náufrago en su isla desierta (venga, uno más: ¿qué le dice un tiburón a un tipo en medio del océano? «El flotar se va a acabar»). Si estás dispuesto a desternillarte y contagiar a los demás, este es tu libro. Ah, y no olvides la primera regla del cuentachistes: olvida la vergüenza. ¡Las carcajadas vendrán solas!